Esta mañana temprano, pasadas las seis y media, he conducido hasta el lago Kenoza para dar un paseo. He traído los crampones que utilizo en el monte, temiendo que, como me sucedió cuando salí a correr por el bosque hace unos días, encontraría los senderos cuarteados de hielo. No me han hecho falta. La tormenta del viernes dejó en Haverhill dos palmos de nieve espesa que, al pisarla, cruje estrepitosamente bajo la suela de las botas como si fuera poliespan. Crac, crac, crac…
Mientras caminaba entre los árboles pelados de hojas, he escuchado un podcast de mi programa de radio favorito de los últimos meses: On Being. El programa estaba dedicado a una teóloga de California que cree haber encontrado en la Biblia material de abono para establecer entre el Hombre y la Naturaleza un relación menos utilitarista. Más empática. Más ecológica. Según Ellen Davis, la extendidísima especie de que el mundo físico es un recurso para explotar a nuestro beneficio no sería en absoluto consistente con la lectura del Antiguo Testamento. Contradiciendo la tesis impuesta por cierta tradición cristiana, rentabilizada después por el capitalismo y la ciencia europeos, el mandato divino no nos habría urgido a que nos enseñoreáramos de la Tierra, sino que a la tomásemos bajo nuestro cuidado…
Trataba de seguir los argumentos hermenéuticos y filológicos de Davis cuando he visto, casi de reojo, cómo el paisaje alrededor del lago Kenoza estallaba en colores. Ha sido una explosión a cámara lenta. Lenta y muda. Justo en el instante en que el día terminaba de clarear, el cielo se ha ido cubriendo de notas de luz. Rítmica, pausadamente, como un globo que se infla poco a poco. La línea del horizonte, borrosa hacía apenas unos minutos, se ha trazado precisa como si hubiese salido del lápiz de un dibujante de la escuela hiperrealista. En la laguna, lo que hasta hace unos instantes era el blanco mate de la superficie congelada, se ha multiplicado hasta componer una ecuación inexacta de cuatro o cinco blancos eléctricos, con un par de violetas, un verde plateado, el azul añil que se derramaba desde el cielo… Entonces me ha dado por pensar que una mañana radiante como la de hoy domingo es una recompensa por los rigores del invierno local, friolento y ventoso.
Le decía luego a Beth que uno es un coleccionista cualquiera al que le falta una pieza valiosa si no ha contemplado la belleza invernal y circular de Nueva Inglaterra, con su antología de postales donde la Naturaleza se repliega sobre si misma con ánimo meditabundo. A mí me gusta, más que ninguna otra, supongo que por su belleza dramática, la estampa de los maples, cedros y robles a los que la desnudez de sus ramajes convierte en esbeltos gigantes.
Ahora que tecleo esta digresión que guarda con el blog una relación que no sé si en algún momento harán evidente mis pobres palabras, he recordado un pasaje de los diarios de Thoreau. Uno que mi primer año en Massachusetts tuve en la cabeza como el estribillo de una canción. “Mis amigos me preguntan que haré cuando llegue allí. ¿No estaré lo suficientemente ocupado observando el paso de las estaciones?”.
Tuviste un corazón. Solo distancia
te queda bajo el pecho, solamente
el ejercicio de vivir, la prisa
de amar la soledad como un fantasma
reducido al instinto, y necesario.
Y necesariamente has comprendido
que los últimos besos fueron pánico,
ni siquiera la duda, el asombroso
deseo de vivir con sus preguntas.
Duch, le maître des forges de l’enfer es la confesión, en larguísimos primeros planos, del director de un centro de tortura y exterminio durante la dictadura de los jemeres rojos en Camboya. El documental está armado con muy poco: apenas los testimonios del responsable de un matadero humano donde se ajustició sin juicio a más de 12.000 personas; los testimonios de los colaboradores de este hombre que cumple cadena perpetua en su país, apodado Duch; algunos minutos de metraje de la época con escenas de desfiles, jornadas de trabajos forzados y arengas populistas de varios de los mandamases del régimen de inspiración maoísta que lideró el criminal Pol Pot…
Hay en el filme un recurso narrativo muy potente. Los colaboradores de Duch rememoran varios episodios al tiempo que los escenifican en las instalaciones ya vacías del centro conocido como S21. Es una dramatización solo con palabras y movimientos pausados, como un teatro minimalista de colegio, que me recordó a la película estadounidense de Lars von Trier con Nicole Kidman, Dogville.
La cámara fija insiste en los primeros planos de Duch, mientras éste enhebra su memoria y lee y comenta documentos autoinculpatorios. Fotos de las víctimas, informes de inteligencia y material de propaganda que ilustran la lógica quebrada de las ideologías totalitarias.
El filme es una disquisición masoquista acerca de las justificaciones filosóficas del mal. Es, sobre todo, una historia descorazonadora donde, poco a poco, van aflorando las dudas del pobre hombre que se escondía tras la máscara del verdugo. Las palabras de Duch, un rostro de mirada acuosa y con una dignidad en su expresión que a uno le indigna reconocer, avanzan tortuosas. Su confesión, sin sentimentalismo ni retórica, es su tortura. No vale tomar atajos en este rememorar prolijo; no hay omisiones, ni siquiera las más terribles. “Por tres veces le hicimos comer su caca…”, dice.
Al final del relato, asoma el arrepentimiento. Duch admite que la propia conciencia es su condena. Ruega a Dios, al que ofrece su arrentimiento “como una ofrenda”. Uno se pregunta lo obvio: ¿es posible el perdón?
The sensibility of Wendell Berry, who is sometimes described as a modern day Thoreau but who I’d call the soul of the real food movement, leads people like me on a path to the door of the hillside house he shares with his wife, Tanya, outside of Port Royal, Ky. Everything is as the pilgrim would have it: Wendell (he’s a one-name icon, like Madonna, but probably in that respect only) is kind and welcoming, all smiles.
(…) Genuine and as much of a product of place as Wendell is, he’s not a full-time farmer and never was, but a farm-raised intellectual and even a man of the world. I’d never heard of him the first time I read his work — probably in Harper’s, probably in the ’80s — but his words have changed my life. As the years have gone by, I’ve watched his stature change. If he’s not a leader then he’s an inspiration to those who are.
Les Éclats, del cineasta francés Sylvain George, es un patchwork tejido a partir de escenas inconexas que retratan la vida marginal y fugitiva de varias cuadrillas de inmigrantes sin papeles acampados en los alrededores de Calais y que malviven a la espera de dar el salto a Inglaterra desde el norteño puerto francés. Una cámara en blanco y negro sigue a los ilegales en situaciones que pivotan entre el drama y la muda desolación. Vemos a estos parias del siglo XXI mientras huyen de la policía o tratan de sortear los controles portuarios para esconderse en un camión listo para cruzar el Canal de la Mancha. Les vemos cuando juegan al billar en un bar de mala muerte; les vemos cocinando un rancho patibulario sobre una cocinilla, emboscados entre chabolas de plástico y cartones, en el confín de un basural…
El relato se confía en exclusiva a unos fotogramas de trazo borroso y con algo de dibujo expresionista y a los descarnados testimonios de los inmigrantes (africanos de origen incierto, albaneses, afganos…). Una escena resulta hiriente y conmovedora. Un hombre del que no vemos más que sus manos enseña a la cámara cómo, con un alambre calentado a fuego vivo, se quema las huellas dactilares para que los policías de frontera no puedan identificarlo y deportarlo a su país.
No hay en el filme ni un solo elemento de contexto. Ninguna entradilla, ninguna grafía. Ni siquiera hay una voz en off que nos ponga en situación. El documental es lo que se ve, con el mero contrapunto de las palabras parcas de sus protagonistas; sin otro énfasis que una ocasional música como de rhythm and blues. Suponemos que todo trascurre en Calais únicamente porque en una fugaz momento se lee en un letrero el nombre de esta localidad situada a escasos 35 kilómetros de la costa británica. Sylvain George nos ahorra todos los detalles posibles, como si el filme tuviera el nervio de una fábula universal. Aunque en realidad, su denuncia sea muy concreta. Muy localizada. El limbo legal donde los sin papeles viven este particular infierno ocurre en la misma vieja Europa que, tras siglos de horrores, tras los dementes atropellos cometidos en la época colonial, quiere hacer ahora -en un inútil gesto de voluntarismo político- de la ciudadanía común y los derechos humanos su bandera.
Me ha gustado Les Éclats por su composición y una estructura sutil. Es un relato orgánico, construído por la mera la acumulación de metraje. La película nada tiene que ver con las estilizadas estructuras, pura carpintería narrativa, en las que muchas veces abunda hasta el aburrimiento el género del documental. (Me da por pensar que a este género le ha pasado un poco como le sucedió al periodismo impreso en su día. Cuando pareeció que el texto ya no era suficiente, por lo que había que empaquetarlo en un envoltorio vistoso de diseño. Romperlo en títulos, subtítulos, despieces, encuadres, grafías, infografías…. Algo de eso encuentro en los documentales, sobre todo los de televisión, llenos de transiciones, voces en off, sumarios, ilustraciones… Como si el simple relato visual, bien editado, no bastara).
De pronto hay algo donde antes no había nada. De un momento a otro la desolación se ha convertido en fervor y la esterilidad en deslumbramiento. En la conciencia vacía o en la hoja o en la pantalla en blanco ahora hay una primera frase o un verso completo. En la imaginación ha surgido una música llegada de no se sabe dónde. Las horas o días de trabajo tedioso quedan cancelados por una súbita sensación de ligereza. Lo imposible ahora se ha alcanzado sin apariencia de empeño. Lo que era difícil se ha vuelto fácil o ha resultado ser difícil y fácil a la vez. El esfuerzo consciente se ha revelado superfluo porque alguien que no parece exactamente uno mismo ha susurrado una solución. A partir de ahora el trabajo no será menos exigente, pero sí más fluido y más grato.